Uno de mis cambios más difíciles ha sido el pasar de ser un programador “duro”, puramente técnico y sin otra responabilidad que cumplir con las tareas asignadas, a la gerencia de proyectos. Es como dejar la cama una fría mañana de lunes para ir al trabajo, ya que se deja atrás la comodidad de no tener que responsabilizarse por las decisiones tomadas o evitadas.
Encontrando el cuándo y el cuánto del proyecto
Ahora me doy cuenta que la existencia de una dirección de proyectos formal, que se sujete a mejores prácticas y deje de lado las improvisaciones chapuseras es la base para el éxito de toda organización y debe ser considerado como una pieza clave en su plan estratégico, junto con el manejo sistémico de los procesos y su mejora continua. Sin embargo, a diferencia de los procesos, cada proyecto es único y presenta un equilibrio interdependiente entre el alcance, la duración y los recursos disponibles. Esta relación mutua empieza definiendo con cuidado el alcance, para luego desgranarlo en tareas pequeñas que permitan estimar mejor el esfuerzo y los recursos necesarios para llevar a cabo cada tarea, cuya sumatoria permite dimensionar de manera más precisa (aunque nunca exacta) el tiempo y el costo de todo el proyecto. Estas tareas luego son ordenadas en su secuencia lógica, agregando responsabilidades y nivelando las sobrecargas o ausencias de trabajo, lo cual puede implicar el poner un ojo en los demás proyectos de la empresa.
